Un buen sueño o diez minutos de lágrimas o un poco de helado de chocolate, o todo junto es la mejor medicina.
Tom Spaulding
en El vino del estío.
De Ray Bradbury
A veces algo de lo que pasa por la vida se filtra en este blog. Otras veces es la fantasía la que se da una vuelta. El formato corto predomina pero siempre hay excepciones.
Un buen sueño o diez minutos de lágrimas o un poco de helado de chocolate, o todo junto es la mejor medicina.
Tom Spaulding
en El vino del estío.
De Ray Bradbury
¡Fue un chispazo!
Un segundo, no más. ¡Lo juro! Estaba desnuda en la ducha, tan joven, el agua le caía por el cuello y resbalaba por el pecho duro mientras su mano recorría su caderas. ¡En serio! Un segundo no más. Una alarma sonó dentro de mi cuando me excitaba con la imagen. Mi cerebro se cortocircuitó, como si pidiese un reseteo a gritos y negaba con la cabeza ligueramente mientras volvía a la realidad. Ella seguía allí, en el baño, curiosa, jugando con la ducha, con su top y mallas puestas mientras yo la miraba a través del espejo sentado desde la cama de la habitación. Sus padres sonriendo a mi lado, elogiando el buen gusto que había tenido para elegir el apartamento donde pasarían los próximos tres días. Hacía años que mi imaginación no se disparaba con chicas desnudas. Hacía años que no fantaseaba con una adolescente. Hacía treinta y cinco años, cuando yo también lo era.
Fue la primera vez. Pero no ha sido la última. A vuelto a pasar. Una chica con minifalda de vuelo camina rápida delante de mi. Me he despistado con el móvil y me ha adelantado. Está muy cerca. No he tenido que variar el paso para seguirla dos o tres metros. Lleva zapatillas blancas. Sus piernas son robustas, no gordas, tampoco finas. Una coleta castaña baila sobre su espalda con el ritmo de sus caderas. Si me centro en su culo puedo descubrir la forma de unas bragas claras. Son bragas cómodas, de las que cogen todo el culo y lo aprietan bien. Y yo las imagino rozando los muslos, con algo de sudor en las costuras. Unas gotas que empiezan a resbalar por los muslos mientras camina, que incitan a seguirlas con la lengua en sentido inverso del camino. Mi cabeza se ha vuelto a negar a pensar en ella. En el sudor, en sus piernas, en su culo. Me he cambiado de acera rápidamente para evitar cualquier imagen nueva. He cambiado la música en el móvil y le he dado muchos metros de ventaja. No he querido pensar en nada mas mientras llegaba a casa.
-No te reprimas, me dice. Pareces cohibido. ¡Estamos de Feria! ¡Lánzate!
Y yo, que llevo dos días controlando todo lo que bebo, lo que digo, como actúo en la caseta y moderando cualquier atisbo de salida de madre, decido que ya es hora de salir de este letargo. La agarro por la cintura y comienzo a bailar con ella muy pegado. Me bebo el gintonic de un sorbo y cuando el DJ, vuelve a poner otra bachata una de sus compañeras me solicita para bailar. ¡No me corto! Es bajita, con un escote impresionante y un culo muy duro para los siete u ocho años que me saca. Toda la tarde mordiéndome las ganas de contestarle todas las insinuaciones que me había lanzado. A los otros compañeros, al DJ, al camarero, incluso a mi con mi pareja al lado. Le subo la falda para poder meter mis piernas entre las de ella, le aprieto el culo y me pego a sus tetas. Ahora es ella la que se corta. Risas y murmullos en el grupo de trabajo al que no pertenezco. Una morena se acerca y en uno de los giros cambio de pareja. Parece agradecerlo. Cuando tengo la boca en el cuello de la última morena un chanquetazo en el culo me despeja del baile. Es mi pareja.
- Mejor que empieces a reprimirte. Vuelves a dejar huellas de cabra en el albero.
No le fue difícil predecir su muerte.
Lo difícil fue mantenerse callado al escuchar los aplausos cuando cerraron el ataúd.
Le gustan las berenjenas en vinagre, los caracoles en cualquier época del año. La gente, la gente le encanta. Y el olor a azahar, meter la mano en la tierra, ver crecer sus macetas, los patios y la luz de la tarde. Brindar la despedida del Sol y pintarle los ojos a la Luna cuando va a salir.
Se entusiasma cuando el móvil le recuerda a alguien que quiere. Disfruta encendiendo la chimenea y nadando. Se le saltan las lágrimas cuando "sus niños" le preguntan, y adora que la llamen para darle un beso en mitad de la calle. Pasear entre los árboles, las callejuelas. Las canciones de Ana Belén y también las de Extremoduro.
A ella le gusta todo eso, a mi, lo que mas me gusta, es ella.
Tu último beso no me llegó.
Lo mandaste mientras conducías
y pisabas el acelerador.
Hacía frío y tenías las ventanillas subidas.
Te llevaste dos dedos a la boca
y lo enviaste al retrovisor.
Tú último beso se quedó en el coche
y voló rozando el techo
con la calefacción tan alta.
Buscó acomodo, como un niño,
en el asiento de atrás.
Mientras yo seguía esperándolo
en la parada del autobús.
Tu último beso se escapó
cuando llegaste a destino.
Las puertas del coche abiertas
lo liberaron.
Y acaba de llegar a casa, tantos meses después
a mis labios.
La vecina lo ha acompañado hasta la puerta y le ha deseado suerte. Vuelve de dejar al pequeño en el colegio y una vez dentro de casa no tiene que seguir sonriendo. Se dirige a un rincón de la habitación. Es donde lloró por última vez y los ojos acuosos le piden la querencia. Apaga las luces, baja la persiana y se cubre con una manta que hay en un montón de ropa. Siempre hay mucha ropa en ese rincón. Y es entonces cuando sueña que sigue en Babia, que aún vive allí. Que no fue desalojado a la carrera como un okupa. Por que en Babia aún hay futuro y es prometedor. No como el presente que tiene delante. En Babia no hay preocupaciones, ni pagos de hipotecas, ni cuentas bancarias en rojo.
Pero en Babia también suena el móvil y los ZZTop lo traen recuerdos de un hospital muy presente y la manta empieza a sobrar encima de él. Entonces vuelve a mirar ese rincón de casa que acumula mas pelusas de lo normal. Y durante un minuto piensa que pueden ser sus sueños, pero ya vive en el hoy y barre las pelusas-sueños que tira a la basura con alguna lágrima que no se permite que corra por su mejilla.
Lo peor no es sentirlo. Es no poder decirlo, no poder gritar.
Durante dos semanas había ido a todos sitios con el paraguas grande. Ese que le tapaba la cara, casi medio cuerpo, pero no podía ocultar toda la vergüenza que sentía. El tiempo le había acompañado en sus salidas imprescindibles, llovió torrencialmente, y cuando no lo hacía, era un sirimiri que mojaba tanto como el aguacero. Durante esos días creyó que la lluvia la provocaba él. Su ansia por permanecer oculto bajo aquel paraguas que no había utilizado en años. Caminaba por el barrio con paso rápido, cabeza gacha, sin mirar a ningún vecino.
Quería pensar que era como aquella vez, de niño, en la que su madre le dijo que colgaría las sábanas mojadas en el balcón para que todos supiesen que aún con doce años había meado la cama. Su madre no llegó a hacerlo, el secreto quedó entre ellos, ni siquiera el padre llegó a saberlo nunca.
Pero esta vez había mas implicados. Ella se había encargado de hacerlo tan difícil con su suicidio que los vecinos se enteraron de primera mano con la llegada de la ambulancia a la puerta de casa, casi unos minutos mas tarde de que él la encontrara. No sabía de porques pero cuando vio aquella nota con cantidades que desconocía, empezó a entender.
Aquel día aprendió que las manchas de sangre salen con agua oxigenada. Una gran lección que se sumó a aquel master class que empezaría a ser su vida en los siguientes meses. Una de esas que, como decían los maestros antiguos, la aprendería con sangre aunque no fuese la suya. Lo que mas le dolió no fue todo aquel torrente de sentimientos que le fueron empapando como la bendita lluvia, lo peor que llevaba era no poder gritar. Hacía tiempo que había perdido la voz y tuvo que pasar un curso completo para recordar a hacerlo.
Corre, corre, corre, le digo. Sabiendo que es lo que quiere oír. Cuando lo que quiero decirle es: Para. Detente. Mira alrededor. ¿Acaso no ves lo que te rodea? ¿No quieres sentir lo que hay alrededor?
Pero ella está hecha para correr. Para no mirar atrás. Lleva la velocidad en su cabeza. Y solo cuando un árbol la detenga, caída en el suelo, abrirá los ojos. Se levantará, mareada aún, y seguirá corriendo hasta el siguiente árbol.
Y yo, que me encantaría tenerla un rato a mi lado, solo puedo animarla a correr.