8/9/17

El salto de Dios.

(El relato es de Miquel Silvestre y lo encontré la primera vez en su libro "La dinamo estrellada". Un pedazo de libro. Hace unos años lo copié para ponerlo de ejemplo, no recuerdo de qué, en un taller de escritura. Lo he recuperado hoy y cae en el blog. ¡Está genial! Espero que lo disfrutes.)

Lo peor de perder el tiempo no es el hecho en sí de perderlo; total, por mucho que digan que es oro, se trata de un patrimonio que, por valioso que sea y por mucho que uno trate de aprovecharlo, se gasta ineludiblemente y nunca se sabe hasta dónde va a alcanzar.
Así las cosas, en realidad, no vale la pena economizarlo porque igual te mueres mañana y todo acaba importándote un carajo.
Sin duda, lo peor de perder el tiempo es esa mala conciencia que deja. Siempre la maldita mala conciencia de no estar haciendo lo que se supone que debes.
La mala conciencia, el sentimiento de culpabilidad, el peso de la ansiedad del urbanícola occidental, ese animal contrito por todo, por malgastar el agua que los pobres del mundo no beberán, por contaminar el aire con su motor turbodiesel, por colaborar con la explotación de los parias comprando en Ikea, por hacerse pajas siendo adolescente, por seguir haciéndoselas siendo adulto.
Por perder el tiempo... por perder el tiempo.
Yo también soy así; vivo atenazado por los remordimientos, ese lastre cristiano que martiriza, ahoga y castra, como diría un posmoderno. Sólo que a mí me gusta.
Perder el tiempo, digo. No la sensación de remordimiento constante.
Aquel día de finales de agosto me encontraba perdiéndolo de la forma que más remordimientos puede dejar: mirando la televisión.
Lo cual me demuestra otra vez cuán débiles somos y cuánto nos gusta sufrir, porque las aceras y contenedores deberían rebosar de aparatos de televisión, expatriados de los hogares por los urbanitas a quienes atormenta la conciencia del tiempo perdido mirándolos.
Del mismo modo que el pornoadicto hastiado y culpable ante sí mismo arroja a la basura sus revistas y vídeos cuando acaba de masturbarse, jurando que jamás las comprará de nuevo.
Pero no ocurre así, luego, o bien existe una mafia organizada que se dedica a recoger dichos aparatos nada más ser desterrados (opción que me inclino a rechazar, pues son muchas las noches y
amaneceres que he contemplado exiliado en las calles, y habría visto algo), o bien nos tragamos una y otra vez el sinsabor de nuestra culpa, pero no arrojamos ni de coña el Sony por la ventana porque
nos conocemos mejor de lo que decimos y sabemos que vale una pasta y que sin tele no se puede vivir, digamos lo que digamos.
Digamos lo que digamos.
Por eso, porque yo no me desprendo de mi querido aparato ni en mis más agónicos episodios de culpabilidad, me encontraba mirando un campeonato del mundo de atletismo; acontecimiento
extraordinario e histórico que, sin embargo, acontece todos los años.
Como siempre, los negros corrían más, saltaban más lejos y llegaban más alto que todos los demás humanos. No obstante, los demás atletas, a pesar de su carencia de melanina y de posibilidades,
seguían extenuándose no sé muy bien para qué. De acuerdo, yo tengo barriga, los pies planos, los brazos asténicos y pierdo miserablemente el tiempo viendo la televisión, pero los fracasados son ellos.
Por eso me encanta ver campeonatos del mundo de atletismo.
En la prueba de salto de longitud competían varios negros, un blanco europeo que deseaba ser negro, aunque fuera por unos segundos, y un saudita café con leche que anhelaba ser llevado al paraíso de las tres mil vírgenes de un salto.
La cosa estaba clara, los oscuros ganaban de largo, aunque se esforzaban denodadamente entre ellos por organizarse en el podio, puesto que no había medallas para todos. El europeo blanco sabía
que allí estaba de relleno, así que cumplía sin ganas pero con una sonrisa encantadora, quizá buscando para la próxima temporada un espónsor que lo librase del paro. El último fue el saudita, cuyo puesto
en el escalafón mundial de saltadores era ínfimo, y cuyo mejor salto en la vida, según se podía leer sobreimpresionado en la pantalla, era una minucia ridícula comparado con el que ya había conseguido
el peor de los negros aquel día, e incluso todavía por debajo de la mierda de marca del simpático europeo.
Sin embargo, aquel árabe, situado en el centro del universo atlético por primera (y seguramente última) vez en su vida, sabiéndose teletransportado a millones de hogares, sabiéndose en mi casa,
ante mis ojos de infiel, de descreído, de atormentado occidental, no quería desaprovechar la oportunidad que se le brindaba.
La oportunidad de Dios, que no la suya.
La ocasión perfecta para que Dios se manifestase ante todo el planeta, de que lo aupase entre sus dedos todopoderosos y lo llevase más allá de los ocho metros y cincuenta centímetros. Había llegado el momento de que Dios demostrase su poder. El saltador, el humilde atleta saudita, sería sólo el instrumento.
Todo eso contemplé nítidamente en su rostro transido mientras rezaba; una mirada al más allá puso fin a la oración. Entonces me di cuenta de que a pesar de mi escepticismo, y por tanto del escepticismo que atribuyo a cada ser humano aunque diga lo contrario (digamos lo que digamos), aquel hombre creía. Creía tanto que hasta me conmovió: yo también querría creer así. Él estaba dispuesto a realizar una proeza increíble, a desafiar de un salto la física, la genética y la teoría del entrenamiento; disciplinas
occidentales ciegas y sordas. Cuando le preguntasen en Al Jazzira cómo había logrado incrementar su marca personal en un metro o más, él diría la verdad con los ojos en blanco: Alá es grande.
Yo, atado a mis certezas racionalistas, sabía que era imposible, que fracasaría, que Dios no le iba a escuchar. Sin embargo, su fe me emocionó y deseé que tuviera razón en su insensata creencia de que
los límites los marca la divinidad y nosotros somos juguetes ciegos. Eso supondría ser libres. Libres del tiránico determinismo de los hechos, tan tercos ellos. La carrera hasta el listón donde baten los saltadores se hizo eterna; aunque no para él, que vivía ya el éxtasis de los creyentes y los mártires. Todos los musulmanes del mundo corrían con él, con él obtendrían justa satisfacción a sus demandas, con su triunfo todos triunfarían.
Cuando el saltador batió, todos saltaron con él.
Él era la Umma, y la Umma era él.
El caso es que cuando el atleta aterrizó, con esa explosión de arenas que, sin duda, le recordaría su desierto natal, todos contuvimos la respiración. Yo, en mi casa confortable, con mi cerveza en la
mano y mi mando a distancia, y también todos ellos, en sus casas, tiendas y jaimas, en sus campos de refugiados, sus prisiones, y mezquitas, en sus bases de entrenamiento, sus palacios marbellíes y sus
aviones secuestrados.
Al levantarse, percibí ira en su faz.
Una ira asombrada.
El salto había sido la mierda de costumbre; un saltito de pachanga escolar. Pero aunque estaba en su línea habitual de actuaciones contrastadas, el saltador rugía por sus ojos incendiados indignación y desconcierto.
Pero no podía sentirse decepcionado.
¡No se lo podía permitir!
Dios siempre tiene razón y no le había elegido. Había fracasado porque no era digno. Cualquier otra interpretación le llevaría al pecado, a la herejía, al anatema, a la traición.
Entonces me di cuenta.
Me di cuenta de que durante todos estos años de esfuerzo practicando una disciplina exótica en su Arabia natal, el saltador también estuvo perdiendo el tiempo, y ahora, sólo ahora, se enteraba de la verdad.
Y esa verdad irrefutable recorrió todo el planeta para engarzarnos con un mismo hilo. Recorrió continentes y océanos para hacernos saber lo que no queríamos saber ninguno de los dos.
Que él y yo éramos iguales.
Dos hombres mediocres, lacerados por la mala conciencia de perder el tiempo.
Yo ya lo había asumido, claro. Miles de años de cristianismo no pasan en balde.
Pero él no.
El pobre no quería entender que sus limitaciones físicas y de entrenamiento eran las únicas responsables de su fracaso, que él jamás saltaría ocho metros, que el salto de longitud siempre será una prueba amañada con el único fin de que los occidentales blancos la veamos por televisión para sentirnos culpables por perder el tiempo.
Y que precisamente por eso, Dios puede que exista, pero jamás se entrometerá en esas menudencias gimnásticas.

4/9/17

Plenitud.

Estoy corrigiendo un listado mientras escucho sin preocupación la insistencia del teléfono. Cansado doy una respiración profunda  y los pulmones se ensanchan. Y siguen creciendo, como si fuese a sumergirme en el agua por un buen rato. Me asusto. No es normal. Hacía tiempo que no tenía esa sensación de plenitud en el cuerpo. Hago dos o tres respiraciones profundas mas y sonrío al notar como el aire me recorre el cuerpo. Me noto mas ligero, mas completo, mejor.
Es entonces cuando caigo... Tecleo una direccion web. Meto el código y... ¡¡Sii!! Ahí está. 
Ha llegado la nómina. 
Por fin he cobrado.  

31/8/17

Insomnio.

Despierta. Se gira en la cama. El reloj marca las 3:02. Bien, piensa, puedo dormir tres horas mas. Cierra los ojos. Intenta volver a coger una postura cómoda que le haga caer en el sueño rápidamente. Parece que va a tardar. Se acaricia el pecho y baja hasta la barriga. Nota  que va engordando día a día. Vuelve a acariciarse y se molesta con la redondez. Ejercicio, piensa, tengo que hacer ejercicio. Y vuelve a intentar encontrar esa postura que lo lleve con Morfeo. No hay manera. Deja de tocarse la barriga. Intenta dejar de pensar pero se ve haciendo abdominales a cualquier hora. Ahora mismo. Ahora es un buen momento. Solo tiene que saltar y comenzar. Mira el reloj: 3:17. ¿Quién se pone a hacer ejercicio a las 3:17? Piensa. ¡Los locos! Se responde. Se acopla la almohada con una mano y la otra vuelve a acariciar la barriga. Los locos y los gordos. ¡Joder esto no puede seguir así! Y de un salto sale de la cama. Se dirige a la otra habitación y coge una esterilla. Va al salón donde hay mas espacio para una serie de abdominales y varios ejercicios. Los mismos que él se ha visto haciendo al poco de despertar. En el salón la luz del ordenador clarea el ambiente. Se sienta frente a él para apagarlo y ve que hay una pantalla blanca que lo incita. Deja la alfombra al lado de la mesa y empieza a escribir. La barriga le impide acercarse mas a la mesa pero no le importa. 

27/8/17

Necesito

Apresuradamente
Manchar un folio
Con el último trozo de saliva
Trabajaré un beso
O un escupitajo
No puedo seguir paralizado
Mientras noto
Cómo afuera
Urge el movimiento


de Nacho Montoto
En el libro de Anónimos
de Cosmopoética 2007

25/8/17

Afoco

Comenzó a mirar las fotografías de los últimos tres meses. Todas estaban desenfocadas. Miró la cámara, los ajustes, tenía el objetivo limpio, el sensor impoluto... todo estaba correcto. Fue entonces cuando descubrió que todas era posteriores a la fecha en la que ella se fue. Nada tenía que ver con la maquina que llevaba. Le había desenfocado la vida.
Foto de Juanka Casas

18/8/17

El préstamo (y III)


A la mañana siguiente cuando Paco vuelve a la pensión tiene un
mensaje de Don Serafín. Lo espera en su casa a las once.
Paco es puntual, desde el salón en un reloj de pared, se oyen las
campanadas. Es doña Esperanza la que lo recibe, su marido no está,
pero si ha quedado con él seguro que viene ya mismo. A ella las palabras
le salen lentas, no sabe que hace ese hombre en su casa, y que
quiere de él su marido. Le sirve a Paco un brandy sin que este se lo
pida, y ella se pone otra copa, el salón es enorme. Cuando se sienta en
el sillón la mujer se derrumba, las lagrimas comienzan a resbalar por
su cara mientras Paco se queda quieto. La mira desde el sofá contiguo
y se levanta. Paco con la copa en la mano, se agacha, le toca el brazo,
y cuando lo mira hace que ella se beba el brandy de un trago. Intenta
sosegar la respiración mientras él le da su copa. La coge con las dos
manos, y vuelve a llorar.
- Mi niña, mi niña.
- Señora. – se atreve a decir Paco.- Señora
Cuando se calma, Doña Esperanza comienza a contarle a Paco lo
que ha sucedido desde ayer. Anita no está, Fernandito ha sido más rápido
que su padre y los dos se han ido del pueblo. Después de contarle
todo desde la noche anterior Doña Esperanza se siente intrigada,
pregunta a Paco a que se debe su visita, es entonces cuando Paco se
ajusta la pistola en un acto reflejo y ella en un segundo comprende.
Desde el salón se oyen pasos, el tiempo justo de levantarse y retirarse
del sillón donde Doña Esperanza ha dejado de llorar. La cara
afligida de ella se transforma en una mueca de sorpresa y miedo. Don
Serafín se asoma al sofá y mirando a Paco le manda que lo siga hasta
la biblioteca.
Su mujer puede oír los gritos desde el salón.
- Eres un inútil – le grita Don Serafín – Te di la dirección, de su
casa, de su trabajo, que necesitas para pegarle a alguien un tiro.
Paco mira a Don Serafín, se mantiene de pie, mientras desde el
otro lado de la mesa le sigue gritando de una punta a otra de la biblioteca.
- ¿Lo ves? – pregunta Don Serafín enseñando un sobre blanco.
– Esto es tu dinero. Veinticinco mil duros para ti. Te hubiese tocado
la lotería, y tú dejas escapar a ese hijo de puta, y encima con mi hija.
Con mi hija, imbécil. Me lo debes.
Lentamente Paco se desabotona la chaqueta, la pistola le asoma
por el lado izquierdo, le pesa, y se dirige a Don Serafín.
- A mí no se me ha escapado nadie, se le ha escapado a usted.
Quizá se equivocó con el chico, quizá se equivocó con su hija. Y estoy
seguro que se equivocó conmigo. – Paco coge su pistola y tirándola
encima de la mesa, le susurra. – Cóbrese y mátelo usted si quiere.
- Hijo de puta. Claro que lo voy a matar, y a ti, no vas a tener
ningún sitio para esconderte. – vuelve a gritar Don Serafín.
Paco abre la puerta, no ve a Doña Esperanza que desde un lado
ha escuchado toda la conversación. Son unos segundos, antes de que
Paco llegue a la puerta de la casa cuando desde la biblioteca se oye
una explosión. Paco se gira, después, continúa su camino, sale de la
casa cerrando despacio.
El JuanCa antes de abrir la puerta, avisa a Paco. La mirilla le ha
devuelto uno de sus sueños.
- Mira que tía, Paco, mira que tía.
Es Carmela la que entra en el garito. Paco la lleva hasta la barra
y la acomoda.
- Este no es lugar para ti..., no es lugar para nadie. – le dice.
- Pues vámonos. Hace dos meses que le enterraron y no me ata
nadie ni nada. El muy cabrón no me dejó ni un duro. Pero su mujer
sí. Ella lo sabía. Me dio dinero para salir de allí, aún no sé como consiguió
hacer creer a la gente que fue un accidente. Me pidió que te
diera esto.
Carmela le da una caja. Paco la abre. Dentro está el Astra 400 y
un sobre blanco que ya ha visto antes. En el sobre, con una letra clara
puede leer:
“Su préstamo está saldado. El mío, ahora, también. Esperanza”
Paco mira a Carmela, ojea el garito unos segundos y le dice:
- Sí, vámonos.

17/8/17

El préstamo (II)


En el salón de la casa se escuchaban los gritos igual que si estuviese
en la biblioteca que es de donde proceden. Anita está sentada
en un sillón, con las piernas recogidas en el pecho. Su cara está roja.
El tortazo de su padre aún le late en la mejilla.
- LA MATO, ANTES LA MATO.- Don Serafín vuelve a gritar.
Doña Esperanza, su esposa, intenta calmarlo. Cuando considera
que es inútil, sale de la biblioteca y señalando las escaleras le pide a
su hija que se suba a la habitación. Anita se levanta y se dirige donde
está su madre, quiere abrazarla, pero la visión del padre al acercarse
a la puerta de la biblioteca, hace que se detenga. Sollozando se da la
vuelta y sube.
Doña Esperanza se dirige a la cocina, una de las sirvientas, al
verla, agacha la cabeza.
- Prepara una tila para niña- le pide a la sirvienta, que parece
relajarse al tener algo que hacer.
Cuando termina la pone en una bandeja, hace ademán de ir a
subírsela pero la señora la para. Le recoge la infusión y se dirige a la
habitación de su hija. Abre la puerta con sigilo. Anita no la ve entrar,
tumbada en su cama, llorando, no distingue nada, se sobresalta cuando
ve una mano que se acerca. Doña Esperanza se sienta con ella y
sin hablar la coge en su regazo e intenta calmarla.
- Mamá, yo le quiero. – le dice Anita.
- No te preocupes. Si tú lo quieres, tu padre, lo comprenderá.
Mejor o peor, pero al final verás como lo entiende.
La plaza está llena de charcos. Anochece pronto en esta época
del año, refresca. Paco pregunta al limpiabotas de la esquina y éste le
señala un callejón. Es la dirección que le ha enviado Don Serafín. Una
casa escondida tras un zaguán. Llama a la puerta. Al abrir, la poca luz
que se distingue detrás, marca una silueta de mujer. Una mano en la
puerta y la otra en las caderas, las piernas se muestran tras una bata
que se transparenta.
- Eres Paco ¿no? – le pregunta la mujer.
Paco asiente. Había soñado alguna vez con encontrarse con una
mujer así, con deslumbrarla, con hacerla suya, con pasar una noche
en la cama y si Dios o el diablo quería, que fuera para toda la vida.
Cuando se da cuenta que no la va a asombrar con su voz, intenta
explicarse. Tarde.
- Pasa, Don Serafín te espera.
Le franquea la puerta y la bata se abre dejando ver un cuerpo
escultural. El mejor adorno de un piso que no tiene ningún libro en
las estanterías, un piso del que Don Serafín es pagador para uso de
sus correrías, o como en este caso, para que su última amante viva
en él.
- ¡Carmela vístete! – la voz de Don Serafín se oye desde el sillón.
Autoritaria-
Carmela, la mujer que ha recibido a Paco, sale por donde ha entrado,
dejando detrás de ella un perfume que revaloriza la estancia.
- Bueno Paco, siéntate – Don Serafín desde el sillón le indica
donde debe sentarse.- ¿Sabrás a que vienes? ¿No?
Paco se sienta delante de Don Serafín, el humo le nubla la vista,
mirándolo asiente.
- El caso es que tengo un moscardón detrás de la oreja y no hay
manera de quitármelo. Además no solo me está molestando a mí, ha
picado a mi hija. Intenté darle un poco de azúcar, pero ni cinco mil
duros le han hecho levantar el vuelo. Así que te he llamado para que
hagas de matamoscas. Esos cinco mil duros son tuyos si me lo quitas
de la vista. Además de zanjar el préstamo.
- ¿Y quién es ese moscardón? – le preguntó Paco siguiéndole el
juego.
En la mesa, con algo de ceniza sobre él, Don Serafín recoge un
sobre marrón que le alarga a Paco. Dentro se encuentra unas fotos, en
ellas un chico joven, guapo, con poco más de veinte años. Detrás tres
direcciones, una, la de su casa, otra, la de la taberna donde puede encontrarlo
por las noches y la última, el local donde trabaja. Durante
unos minutos Paco ojea las fotografías. No pregunta, y tampoco nadie
le va a dar explicaciones. Se levanta y mirando a Don Serafín que ya
ha dado por concluida toda la conversación, sale del salón.
Carmen, desde el pasillo, ve como se acerca. Paco se recrea en la
figura que parece de nuevo buscar el contraluz para marcar unas caderas
que de seguir allí, desafiantes van a llevarlo a la perdición. Ella
le abre la puerta y le susurra un adiós en el oído. Desde el salón, la
voz de Don Serafín, vuelve a sonar seca llamándola. Paco pasándole
la mano por la cintura, recoge el pomo y cierra.
Desde que salió de Madrid, su Astra no lo ha abandonado. La
pistola hace que Paco esté incómodo. Ha perdido el roce que antes
le hacía sentirse tan seguro. Visita las direcciones que le ha dado
don Serafín, va a ser difícil que en la taberna ocurra nada. Suele estar
concurrida, allí todo el mundo conoce al tal Fernandito, se ve un
chico cabal, alguien que sabe lo que quiere y no va a asustarse para
conseguirlo. No le extraña que quieran matarlo. Cuando sale de la
taberna, Paco lo sigue, a él y a tres personas que le acompañan. Tampoco
su casa le parece adecuada a Paco para mandarlo al otro barrio,
es una casa de vecinos. Entrar sin que le vean le va a costar tanto o
más que salir. No se ve con aplomo para intentar una acción rápida,
ni por el dinero que le ofrece, ni por recordar viejos tiempos. Su vida,
aunque otros piensen que no, ha girado más de lo que quisiera. La
noche se le echa encima, y no puede hacer otra cosa que pasear por la
acera. Este niño tiene que salir, piensa. A su edad, solo se quedan en
casa las solteronas. Y a veces ni esas. La luz de su casa se apaga, Paco
se prepara para seguir de nuevo a Fernandito, ahora no hay nadie en
la calle, de hoy no pasa.
Cinco minutos y no aparece nadie en la puerta, quince y han
entrado dos vecinos pero el niño sigue sin asomar. Solo, cuando después
de otros quince minutos, ve pasar de nuevo a uno de los vecinos
de antes se da cuenta que existe otra salida. Fernandito ha volado,
mejor dejarlo para mañana. Va conociendo el pueblo, y en lugar de
dirigirse directo hasta su pensión, se demora por otra calle, la calle de
Carmela. Mira la ventana, su luz está encendida. Se detiene enfrente,
vuelve a notar el peso de la pistola. La toca con dos dedos, suave,
como la cintura de Carmela. Entra en el zaguán y llama.

16/8/17

El préstamo. (I)

Cerca de la plaza de las Descalzas, dos hombres caminan de
madrugada. El de delante, andando a trompicones, con un brazo
sujetado a la espalda, va escupiendo insultos. Intenta girar el cuello
para ver a la persona que lo tiene inmovilizado. Es un hombre
elegante, con un traje oscuro y un flequillo que le cae en la frente
después de haber perdido el fijador del pelo. El hombre que lo sujeta
es desgarbado, parece flaco para el trabajo que ha hecho, llevar por
la calle Postigo a un hombre que le dobla el volumen. En la plaza,
con la poca luz de un farol, le empuja adelantándolo varios metros.
El primero se vuelve, reconoce a Paco, el hombre que le abrió la
puerta en el garito de Don Luis, no le pareció tan fuerte. Ahora,
la mirada que antes sintió de indiferencia, se transforma en odio.
Paco parece buscar en los bolsillos un paquete de tabaco, el otro se
abalanza sobre él con la cabeza a la altura del pecho. Lo esperaba,
del bolsillo de su chaqueta saca una pequeña barra de hierro y retirándose
a tiempo con un pasito corto, como una media verónica,
hace que pase a su lado mientras le golpea en la espalda con el puño
cerrado. El hombre cae al suelo y Paco se agacha para colocarlo al
lado del banco. Después vuelve por la calle Postigo hasta el garito
de Don Luis.
Desde una mirilla ojean la entrada. La puerta se abre y detrás de
ella un gorila le franquea la entrada a Paco.
- ¿Le has dado bien? – le pregunta el gorila nada más entrar.
- No ha hecho falta. – le miente.
- Si yo hubiera estado le abría atizado dos sopapos que no se
hubiera despertado en todo el día.
- Si, JuanCa, pero tú estabas en el baño, cuando tenías que estar
en la mesa.
El JuanCa, que todo lo que tiene de músculo le falta de entendederas,
le hace una mueca a Paco mientras se toca el estómago. Después,
cambiando la cara, le dice:
- Don Luis ha llegado, dice que te pases por su despacho cuando
llegues.
Paco va hacia uno de los salones, la casa es el mejor garito de
Madrid. Después de la guerra quedaron pocos y el jefe está bien relacionado.
Militares de graduación, señoritos de provincias, que viene
a pulirse la fortuna familiar, incluso algún ministro se ha dejado saludar
por Don Luis en su casa. Allí, entre el humo y los licores, con
una mesa, cinco sillas y cuatro hombres nadie diría que hace poco
uno de los jugadores ha abandonado la partida. La habitación está
tranquila, el garito sigue su curso.
- Don Serafín ha preguntado por ti. – Le dice Don Luis – Querrá
cobrarse el préstamo.
- Si...,ya... algún día tenía que tocar.
- Te ha enviado un sobre, para mí hay otro, así que durante unos
días estas a su disposición. No quiero tener problemas con él. Espero
que sepas lo que haces, es un cabrón, ten cuidado.
- Pero... ¿y el local? – Le pregunta Paco.
- Nos organizaremos como podamos. El JuanCa no es muy listo
pero impresiona, y total, en estos días, no aparece nadie por aquí.
Por la mañana Paco comienza a recoger. En la maleta solo lleva
algo de ropa para unos días y la cuchilla de afeitar. Entre dos camisas
deja su pistola, un Astra 400, a la que solo recurre en contadas
ocasiones, cada vez menos. La carta de Don Serafín es breve, debe
reunirse con él en dos días, en su pueblo.

8/8/17

Un tío.


¡Vale! ¡Lo reconozco! Soy un tío. 
Lo sé, lo siento. Quizá esté defraudando a un montón de gente. Gente que me conoce y sabe de mi feminismo convencido. Que desde chiquito he mamado que todas las personas somos iguales. ¡Todas! Hombres, mujeres, tullidos, dementes...¡Todas! Que unos han tenido mas suerte en el reparto y que se debe favorecer la integración de todos. Odio generalizar y pensar que una persona por formar parte de un colectivo tiene que asumir como suyas las estereotipos de ese grupo. ¡No! Para eso también somos diferentes. Y si pertenezco a un grupo o colectivo, yo, como individuo, no tengo por que sostener y creer a pies juntillas todo lo que promulgue o los demás crean que es ese grupo. Para nada. 
Soy un tío. Si, ¿que le voy a hacer? Y hay un montón de cosas que se nos está atribuyendo a "los tíos" por generaciones anteriores, que pueden haberse comportado de tal o cual manera pero yo me niego a asumirlas como mías. Soy un tío y como tal hay cosas en ese estereotipo con las que me siento identificado y otras, muchas otras que atribuís a "todos los tíos", que no es solo que no las comparta, es que las aborrezco. 
Lo que quiero decir, creo que ha quedado claro, es que soy un tío pero no estoy dispuesto a que me juzgues a mi por la idea que tú tengas de un grupo. 

A la mierda



Si, esta es la canción del verano. La del calor, la del trabajo, la que tarareas cuando llega la enésima fotografía de "tus amigos" en la playa, o en terrazas cerveceras. Esta es la canción  que consigue que al día siguiente me levante y lance una sonrisa en lugar de empezar a disparar uno de esos locarrias de Estados Unidos.

Me declaro incondicional de Magama Elemental desde que la escuché.