¡Qué pena!
Que pena que nos dé miedo
abrazarnos.
Que pena que los besos
se queden
en la mesa del bar.
Que no haya huevos
de repartirlos
como hacíamos ayer.
Disparandolos a discreción.
Que pena que nos saludemos
como socios
y olvidemos que fuimos amantes.
Que nos consumíamos en cada abrazo,
en cada beso,
en ese intercambio químico
que aún nos sorprendía
por su energía y sencillez.

