17/10/17

Y si...

A estas alturas una ya podría tener una hija mayor de edad, o un chalet en la subbética, podría tener una vida. Una vida distinta. O quizá no.

14/10/17

Como ayer.

Llevaba media hora tirando piedras al mar. La última rebotó siete veces antes de ahogarse. Ella se le acercó y lo abrazó.
- Si consigo que salte mas de dos veces nada nos separará.- Le susurró él.
Ella le cogió la mano, con la mirada le rogó que no lo hiciera. Él debió notar incertidumbre pero solo seleccionó otra piedra, la más plana, la que no podía fallar y la lanzó.






Elegir opción:

A.- La piedra rebotó cinco veces y fueron felices para siempre.

B.- La piedra se hundió al primer contacto con el agua y ella se desvaneció de su lado cuando tocó el fondo del mar.

C.- Ella lo miró, le dio un cachetazo en el culo que se escuchó en toda la playa recriminándole: Ahora tendremos que seguir juntos sin saber cuando algo nos separará. Igual que ayer. Y le besó.

13/10/17

Jenny and the Mexicats


¡Si señor! Ayer tocaba concierto y lo disfruté un montón. Una lástima porque estabamos pocos (pero macho, como dijo Pantera). Y es que es difícil salir airoso en Córdoba si los Aslandticos tocan gratis en un marco como es el Arco del Triunfo. Una lástima, quiero decir, una lástima por todo aque que se perdió el concierto.

¡Simplemente geniales!

12/10/17

Sorry.

Hoy ni entrada ni hostias. Es solo para decir eso, lo que marca en el título que por cierto ni debería escribirlo. (Como no me atrevo a hacerlo en español lo dejo en inglés.) El caso es que llevo tiempo sin escribirlo es algo que me molesta. No quería que pasasen tantos días sin meterme en el blog. Sin leer los que me gustan y sin saber de la gente. No quería pasar pero pasan los días y no abro el "Café del Búho". (Ni uno ni otro.) He pensando lo menos tres entradas en los últimos días que se han quedado en servilletas y dibujos hecho en el periódico. Ha habido veces en los que me atrevido a abrir el correo y ver que había un nuevo comentario al que no he respondido. (Cosa que odio y pasa muy pocas veces.) He tenido micros en la cabeza que se han evaporado de un pitonazo de coche, o una llamada inoportuna. He pensado, casi cada día, en como volver a retomar esto. Y hoy toca, aunque solo sea para decir... pues eso, el título. 

Voy a ver que se cuece por ahí. 

3/10/17

El Cristal.

Eran las tres menos cuarto cuando entró.

– ¿Ahora? – Preguntó Don Serafín al tipo que entraba en la tienda con mono azul y un limpiacristales en la mano.

– Si usted quiere me marcho y vuelvo el lunes.

– No, pase, pase. – Contestó de mala gana.

El limpiador comenzó con parsimonia su trabajo pero el amplio ventanal que daba a la calle quedó limpio en menos de quince minutos.

– ¿Y esa mancha?- Preguntó Don Serafín mientras miraba su reloj.

– ¡Es por el otro lado! Ahora lo termino.

A las tres en punto el limpiador salía por la puerta seguido por Don Serafín que comenzó a echar la llave. Dio un pequeño golpe para asegurarse el cierre. El tipo se detuvo en la misma postura que tenia dentro del local. No se despidieron.

Con la misma parsimonia del otro lado del cristal el limpiador comenzó a extender el jabón, después lo limpió y fue quitando la espuma con su limpiacristales. Ahora si, el cristal quedó impoluto. Tan limpio que nadie diría que había una barrera entre la calle la joyería.

Así fue como el limpiador, tentado por cruzar hacia dentro avanzó un pie, sonrió, y entró en la joyería.









Este micro tiene sus años, concretamente cuatro, y hoy me lo han recordado. 

8/9/17

El salto de Dios.

(El relato es de Miquel Silvestre y lo encontré la primera vez en su libro "La dinamo estrellada". Un pedazo de libro. Hace unos años lo copié para ponerlo de ejemplo, no recuerdo de qué, en un taller de escritura. Lo he recuperado hoy y cae en el blog. ¡Está genial! Espero que lo disfrutes.)

Lo peor de perder el tiempo no es el hecho en sí de perderlo; total, por mucho que digan que es oro, se trata de un patrimonio que, por valioso que sea y por mucho que uno trate de aprovecharlo, se gasta ineludiblemente y nunca se sabe hasta dónde va a alcanzar.
Así las cosas, en realidad, no vale la pena economizarlo porque igual te mueres mañana y todo acaba importándote un carajo.
Sin duda, lo peor de perder el tiempo es esa mala conciencia que deja. Siempre la maldita mala conciencia de no estar haciendo lo que se supone que debes.
La mala conciencia, el sentimiento de culpabilidad, el peso de la ansiedad del urbanícola occidental, ese animal contrito por todo, por malgastar el agua que los pobres del mundo no beberán, por contaminar el aire con su motor turbodiesel, por colaborar con la explotación de los parias comprando en Ikea, por hacerse pajas siendo adolescente, por seguir haciéndoselas siendo adulto.
Por perder el tiempo... por perder el tiempo.
Yo también soy así; vivo atenazado por los remordimientos, ese lastre cristiano que martiriza, ahoga y castra, como diría un posmoderno. Sólo que a mí me gusta.
Perder el tiempo, digo. No la sensación de remordimiento constante.
Aquel día de finales de agosto me encontraba perdiéndolo de la forma que más remordimientos puede dejar: mirando la televisión.
Lo cual me demuestra otra vez cuán débiles somos y cuánto nos gusta sufrir, porque las aceras y contenedores deberían rebosar de aparatos de televisión, expatriados de los hogares por los urbanitas a quienes atormenta la conciencia del tiempo perdido mirándolos.
Del mismo modo que el pornoadicto hastiado y culpable ante sí mismo arroja a la basura sus revistas y vídeos cuando acaba de masturbarse, jurando que jamás las comprará de nuevo.
Pero no ocurre así, luego, o bien existe una mafia organizada que se dedica a recoger dichos aparatos nada más ser desterrados (opción que me inclino a rechazar, pues son muchas las noches y
amaneceres que he contemplado exiliado en las calles, y habría visto algo), o bien nos tragamos una y otra vez el sinsabor de nuestra culpa, pero no arrojamos ni de coña el Sony por la ventana porque
nos conocemos mejor de lo que decimos y sabemos que vale una pasta y que sin tele no se puede vivir, digamos lo que digamos.
Digamos lo que digamos.
Por eso, porque yo no me desprendo de mi querido aparato ni en mis más agónicos episodios de culpabilidad, me encontraba mirando un campeonato del mundo de atletismo; acontecimiento
extraordinario e histórico que, sin embargo, acontece todos los años.
Como siempre, los negros corrían más, saltaban más lejos y llegaban más alto que todos los demás humanos. No obstante, los demás atletas, a pesar de su carencia de melanina y de posibilidades,
seguían extenuándose no sé muy bien para qué. De acuerdo, yo tengo barriga, los pies planos, los brazos asténicos y pierdo miserablemente el tiempo viendo la televisión, pero los fracasados son ellos.
Por eso me encanta ver campeonatos del mundo de atletismo.
En la prueba de salto de longitud competían varios negros, un blanco europeo que deseaba ser negro, aunque fuera por unos segundos, y un saudita café con leche que anhelaba ser llevado al paraíso de las tres mil vírgenes de un salto.
La cosa estaba clara, los oscuros ganaban de largo, aunque se esforzaban denodadamente entre ellos por organizarse en el podio, puesto que no había medallas para todos. El europeo blanco sabía
que allí estaba de relleno, así que cumplía sin ganas pero con una sonrisa encantadora, quizá buscando para la próxima temporada un espónsor que lo librase del paro. El último fue el saudita, cuyo puesto
en el escalafón mundial de saltadores era ínfimo, y cuyo mejor salto en la vida, según se podía leer sobreimpresionado en la pantalla, era una minucia ridícula comparado con el que ya había conseguido
el peor de los negros aquel día, e incluso todavía por debajo de la mierda de marca del simpático europeo.
Sin embargo, aquel árabe, situado en el centro del universo atlético por primera (y seguramente última) vez en su vida, sabiéndose teletransportado a millones de hogares, sabiéndose en mi casa,
ante mis ojos de infiel, de descreído, de atormentado occidental, no quería desaprovechar la oportunidad que se le brindaba.
La oportunidad de Dios, que no la suya.
La ocasión perfecta para que Dios se manifestase ante todo el planeta, de que lo aupase entre sus dedos todopoderosos y lo llevase más allá de los ocho metros y cincuenta centímetros. Había llegado el momento de que Dios demostrase su poder. El saltador, el humilde atleta saudita, sería sólo el instrumento.
Todo eso contemplé nítidamente en su rostro transido mientras rezaba; una mirada al más allá puso fin a la oración. Entonces me di cuenta de que a pesar de mi escepticismo, y por tanto del escepticismo que atribuyo a cada ser humano aunque diga lo contrario (digamos lo que digamos), aquel hombre creía. Creía tanto que hasta me conmovió: yo también querría creer así. Él estaba dispuesto a realizar una proeza increíble, a desafiar de un salto la física, la genética y la teoría del entrenamiento; disciplinas
occidentales ciegas y sordas. Cuando le preguntasen en Al Jazzira cómo había logrado incrementar su marca personal en un metro o más, él diría la verdad con los ojos en blanco: Alá es grande.
Yo, atado a mis certezas racionalistas, sabía que era imposible, que fracasaría, que Dios no le iba a escuchar. Sin embargo, su fe me emocionó y deseé que tuviera razón en su insensata creencia de que
los límites los marca la divinidad y nosotros somos juguetes ciegos. Eso supondría ser libres. Libres del tiránico determinismo de los hechos, tan tercos ellos. La carrera hasta el listón donde baten los saltadores se hizo eterna; aunque no para él, que vivía ya el éxtasis de los creyentes y los mártires. Todos los musulmanes del mundo corrían con él, con él obtendrían justa satisfacción a sus demandas, con su triunfo todos triunfarían.
Cuando el saltador batió, todos saltaron con él.
Él era la Umma, y la Umma era él.
El caso es que cuando el atleta aterrizó, con esa explosión de arenas que, sin duda, le recordaría su desierto natal, todos contuvimos la respiración. Yo, en mi casa confortable, con mi cerveza en la
mano y mi mando a distancia, y también todos ellos, en sus casas, tiendas y jaimas, en sus campos de refugiados, sus prisiones, y mezquitas, en sus bases de entrenamiento, sus palacios marbellíes y sus
aviones secuestrados.
Al levantarse, percibí ira en su faz.
Una ira asombrada.
El salto había sido la mierda de costumbre; un saltito de pachanga escolar. Pero aunque estaba en su línea habitual de actuaciones contrastadas, el saltador rugía por sus ojos incendiados indignación y desconcierto.
Pero no podía sentirse decepcionado.
¡No se lo podía permitir!
Dios siempre tiene razón y no le había elegido. Había fracasado porque no era digno. Cualquier otra interpretación le llevaría al pecado, a la herejía, al anatema, a la traición.
Entonces me di cuenta.
Me di cuenta de que durante todos estos años de esfuerzo practicando una disciplina exótica en su Arabia natal, el saltador también estuvo perdiendo el tiempo, y ahora, sólo ahora, se enteraba de la verdad.
Y esa verdad irrefutable recorrió todo el planeta para engarzarnos con un mismo hilo. Recorrió continentes y océanos para hacernos saber lo que no queríamos saber ninguno de los dos.
Que él y yo éramos iguales.
Dos hombres mediocres, lacerados por la mala conciencia de perder el tiempo.
Yo ya lo había asumido, claro. Miles de años de cristianismo no pasan en balde.
Pero él no.
El pobre no quería entender que sus limitaciones físicas y de entrenamiento eran las únicas responsables de su fracaso, que él jamás saltaría ocho metros, que el salto de longitud siempre será una prueba amañada con el único fin de que los occidentales blancos la veamos por televisión para sentirnos culpables por perder el tiempo.
Y que precisamente por eso, Dios puede que exista, pero jamás se entrometerá en esas menudencias gimnásticas.

4/9/17

Plenitud.

Estoy corrigiendo un listado mientras escucho sin preocupación la insistencia del teléfono. Cansado doy una respiración profunda  y los pulmones se ensanchan. Y siguen creciendo, como si fuese a sumergirme en el agua por un buen rato. Me asusto. No es normal. Hacía tiempo que no tenía esa sensación de plenitud en el cuerpo. Hago dos o tres respiraciones profundas mas y sonrío al notar como el aire me recorre el cuerpo. Me noto mas ligero, mas completo, mejor.
Es entonces cuando caigo... Tecleo una direccion web. Meto el código y... ¡¡Sii!! Ahí está. 
Ha llegado la nómina. 
Por fin he cobrado.  

31/8/17

Insomnio.

Despierta. Se gira en la cama. El reloj marca las 3:02. Bien, piensa, puedo dormir tres horas mas. Cierra los ojos. Intenta volver a coger una postura cómoda que le haga caer en el sueño rápidamente. Parece que va a tardar. Se acaricia el pecho y baja hasta la barriga. Nota  que va engordando día a día. Vuelve a acariciarse y se molesta con la redondez. Ejercicio, piensa, tengo que hacer ejercicio. Y vuelve a intentar encontrar esa postura que lo lleve con Morfeo. No hay manera. Deja de tocarse la barriga. Intenta dejar de pensar pero se ve haciendo abdominales a cualquier hora. Ahora mismo. Ahora es un buen momento. Solo tiene que saltar y comenzar. Mira el reloj: 3:17. ¿Quién se pone a hacer ejercicio a las 3:17? Piensa. ¡Los locos! Se responde. Se acopla la almohada con una mano y la otra vuelve a acariciar la barriga. Los locos y los gordos. ¡Joder esto no puede seguir así! Y de un salto sale de la cama. Se dirige a la otra habitación y coge una esterilla. Va al salón donde hay mas espacio para una serie de abdominales y varios ejercicios. Los mismos que él se ha visto haciendo al poco de despertar. En el salón la luz del ordenador clarea el ambiente. Se sienta frente a él para apagarlo y ve que hay una pantalla blanca que lo incita. Deja la alfombra al lado de la mesa y empieza a escribir. La barriga le impide acercarse mas a la mesa pero no le importa. 

27/8/17

Necesito

Apresuradamente
Manchar un folio
Con el último trozo de saliva
Trabajaré un beso
O un escupitajo
No puedo seguir paralizado
Mientras noto
Cómo afuera
Urge el movimiento


de Nacho Montoto
En el libro de Anónimos
de Cosmopoética 2007

25/8/17

Afoco

Comenzó a mirar las fotografías de los últimos tres meses. Todas estaban desenfocadas. Miró la cámara, los ajustes, tenía el objetivo limpio, el sensor impoluto... todo estaba correcto. Fue entonces cuando descubrió que todas era posteriores a la fecha en la que ella se fue. Nada tenía que ver con la maquina que llevaba. Le había desenfocado la vida.
Foto de Juanka Casas