23/4/17

La parada.

Subió los diez pisos hasta la azotea. Tenía que alejarse rápido de allí. Miró a un lado y a otro. Nada. Entonces levantó la vista como una súplica.. Silbó e hizo aspavientos mientras se acercaba al borde.

- Sáqueme de aquí. – Pidió.

La nube lo acogió y el viento empezó a soplar.

18/4/17

Natillas.

Amor es cuando a los dos os chiflan las natillas y la última termina caducando en el frigorífico esperando que sea el otro quien se la quede.


Bubo dixit.

12/4/17

50 mm

¡Decidido! Este año no me mareo. Nada de llevar dos o tres bolsas con aquello que puede hacer falta por si... y luego termina en la mochila en el mismo lugar que le diste cuando empezaste a hacerla para el viaje. ¡No! Este año voy a tirar de básicos. Para todo, para ropa, accesorios, y sobre todo para la cámara. Ni dobles o triples objetivos, ni dos cámaras, ni filtros, ni flash, ni hostias... Este año toca ir en plan fácil, o díficil según se mire.
Y ¿por qué? Pues porque este año apetece hacer fotos. Llevo varias salidas donde he cogido la cámara y no he realizado ni una fotografía. Un viaje a Sevilla, otro a Guadix y la cámara ha vuelto sin  disparar ni una vez. Esta vez no va a ser así. Pero tampoco tengo ganas de estar en plan reportero. Desde hace unos años los concursos de fotografía han proliferado en Semana Santa, al menos en Priego se han juntado hasta tres, y al personal se le va la pinza. Odio cuando un tipo enarbolando una cámara empieza meterse dentro de la procesión, cuando obliga a los penitentes a esquivarlo, a parar incluso el paso mientras se cree un Kevin Carter. Así que esta vez voy en plan tranquilo. Sin prisas, sin buscar excentricidades y aprovechando lo que dé de si un 50mm. Nada de detalles, a no ser que esté muy cerca, solo generalidades. Viendo las procesiones como hay que verlas, desde fuera. Fotos de recuerdos, de gente, de las de todas la vida, mejores o peores, sin forzar, una y para de contar. Nada de ir de fotógrafo de semana santa que últimamente me toca tanto las narices.
El mundo, al fin y al cabo, lo vemos en 50mm.

8/4/17

Las gafas.

Hablaba con un amigo de lo poco que escribo en los últimos meses cuando un tipo nos interrumpe. 
- ¡Oiga! Tengo yo unas gafas para eso. 
- ¿Como?
- ¡Unas gafas! ¡Para escribir!
Miro al tipo con una mueca escéptica. Pero debe ser un vendedor nato y girando la silla se posiciona entre mi compadre y yo. 
- Si, verá usted. ¿A que su problema es la página en blanco? 
- Pues... - Me niego a admitirlo.
- ¡Es normal! Usted antes miraba a una persona y conocía su historia. Mire a aquella señora. ¿Que ve?
- Pues a una mujer. 
- Pero usted antes no veía solo a una mujer. Usted veía historias. Miraba a la señora y podía contar como fue su noche de bodas, la pelea con aquel novio cuando vino de la mili, como lloró en el funeral de su padre. Usted no veía una mujer, antes veía todas las historias que esa mujer tenía tras de si, todas las que podían sucederle, no solo su vida si no todas las vidas que llevaba arrastrando y las que aún pululaban por su alrededor. Y recuperar eso es lo que yo le ofrezco con las gafas. 
Me quedo mirando al tipo como si me hubiese diagnosticado un cáncer y me pusiese en la mano una pastilla para curarlo. Después miro a mi primer interlocutor. Que sigue mirándolo incrédulo. A él no le gusta escribir, no tiene el cáncer. Ni si quiera me deja preguntarle.
- Aquí las tiene. - Me dice sacando unas gafas de sol viejas en una bolsa de plástico.- Son suyas por cien euros. Esto es mejor que cualquier curso que quiera hacer sobre escritura. 
- ¡Cien euros! Solo tengo... ¡Miguel déjame veinte euros! -Le pido a mi amigo mientras miro la cartera.
- ¿Pero que dices tío? ¿Tú estás loco? ¿Le vas a hacer caso a este tio?
- ¡Por tus muerto Miguel! Déjame los cuarenta euros. 
- Pero tío que me dejas sin pelas. Que no vamos a tener ni para pagar estas birras.
- ¡Mira Miguel...! Vete a la mierda y déjame los cuarenta euros. 
Miguel se levanta de la silla mirando al tipo de las gafas, saca el dinero y lo tira en la mesa. Sale apresurado del bar. Yo dejo el resto encima de los dos billetes de veinte y el tipo me alarga las gafas con una sonrisa encantadora. Recoge su dinero y se despide. 

Abro la bolsita de plástico que tiene las gafas. Hace años tuve unas parecidas. Las miro con miedo, están ralladas, cierro los ojos y me las coloco. Cuando los abro giro la cabeza hacia el espejo del bar, lo primero que veo es mi imagen.