20/6/22

El vino del estío.

 Un buen sueño o diez minutos de lágrimas o un poco de helado de chocolate, o todo junto es la mejor medicina.

Tom Spaulding 

en El vino del estío. 

De Ray Bradbury

19/6/22

Sátiro

 ¡Fue un chispazo! 

Un segundo, no más. ¡Lo juro! Estaba desnuda en la ducha, tan joven, el agua le caía por el cuello y resbalaba por el pecho duro mientras su mano recorría su caderas. ¡En serio! Un segundo no más. Una alarma sonó dentro de mi cuando me excitaba con la imagen. Mi cerebro se cortocircuitó, como si pidiese un reseteo a gritos y negaba con la cabeza ligueramente mientras volvía a la realidad. Ella seguía allí, en el baño, curiosa,  jugando con la ducha, con su top y mallas puestas mientras yo la miraba a través del espejo sentado desde la cama de la habitación. Sus padres sonriendo a  mi lado, elogiando el buen gusto que había tenido para elegir el apartamento donde pasarían los próximos tres días. Hacía años que mi imaginación no se disparaba con chicas desnudas. Hacía años que no fantaseaba con una adolescente. Hacía treinta y cinco años, cuando yo también lo era. 




Fue la primera vez. Pero no ha sido la última. A vuelto a pasar. Una chica con minifalda de vuelo camina rápida delante de mi. Me he despistado con el móvil y me ha adelantado. Está muy cerca. No he tenido que variar el paso para seguirla  dos o tres metros. Lleva zapatillas blancas. Sus piernas son robustas, no gordas, tampoco finas. Una coleta castaña baila sobre su espalda con el ritmo de sus caderas. Si me centro en su culo puedo descubrir la forma de unas bragas claras. Son bragas cómodas, de las que cogen todo el culo y lo aprietan bien. Y yo las imagino rozando los muslos, con algo de sudor en las costuras. Unas gotas que empiezan a resbalar por los muslos mientras camina, que incitan a seguirlas con la lengua en sentido inverso del camino. Mi cabeza se ha vuelto a negar a pensar en ella. En el sudor, en sus piernas, en su culo. Me he cambiado de acera rápidamente para evitar cualquier imagen nueva. He cambiado la música en el móvil y le he dado muchos metros de ventaja. No he querido pensar en nada mas mientras llegaba a casa.



-No te reprimas, me dice. Pareces cohibido. ¡Estamos de Feria! ¡Lánzate! 

Y yo, que llevo dos días controlando todo lo que bebo, lo que digo, como actúo en la caseta y moderando cualquier atisbo de salida de madre, decido que ya es hora de salir de este letargo. La agarro por la cintura y comienzo a bailar con ella muy pegado. Me bebo el gintonic de un sorbo y cuando el DJ, vuelve a poner otra bachata una de sus compañeras me solicita para bailar. ¡No me corto! Es bajita, con un escote impresionante y un culo muy duro para los siete u ocho años que me saca. Toda la tarde mordiéndome las ganas de contestarle todas las insinuaciones que me había lanzado. A los otros compañeros, al DJ, al camarero, incluso a mi con mi pareja al lado. Le subo la falda para poder meter mis piernas entre las de ella, le aprieto el culo y me pego a sus tetas. Ahora es ella la que se corta. Risas y murmullos en el grupo de trabajo al que no pertenezco. Una morena se acerca y en uno de los giros cambio de pareja. Parece agradecerlo. Cuando tengo la boca en el cuello de la última morena un chanquetazo en el culo me despeja del baile. Es mi pareja. 

- Mejor que empieces a reprimirte. Vuelves a dejar huellas de cabra en el albero. 

17/6/22

Balas de corcho

 


Solo quedaban cinco disparos. La familia se había llevado casi todas las ráfagas de la cámara. Y aún no tenía a mi disposición esa ventaja de poder disparar, casi sin mirar, que traerían las cámaras digitales. Así que llevarse un trasto como como una Pentax analógica a la feria se veía de una ilusión y una esperanza muy altanera. Cuando llegué apunté al barman que me entregó una cerveza a cuenta. El técnico de sonido y unos locos saltando, mientras la Fiesta Pagana de Mago de Oz sonaba a mas decibelios de los que permitía el ayuntamiento, se llevaron los siguientes disparos. Y entonces recordé una de las cosas que decía mi profesor de fotografía: También hay que mirar atrás. 
Y atrás estaba ella. Mirando el cerro, apoyada en la baranda con una pierna en alto. A su lado una botella de vino. Me tomé mi tiempo y disparé con alevosía. El carrete marcó el final de las exposiciones permitidas. Y entonces ella se volvió. 
Nunca me ha gustado fotografiar rostros pero mientras me miraba como si estuviese cogiendo el último pestiño de la visita, cargué la siguiente foto. El carrete nunca acaba en la foto 36, y sonriéndole, sin pedir permiso, disparé de nuevo. 

Siempre me gustó esa foto. Así que la he seleccionado para editar mi primer libro; una colección de micros, que espero que os entretengan, os diviertan, u os revuelvan las tripas como lo hicieron conmigo. 

Echadle un ojo y ya me decís que os parece: Balas de Corcho.