21/8/23

Llamadas.

 Suena el teléfono. 

La pantalla se alumbra 

con una cara que parece infantil.

¡Los 22 lo desmienten!

Antes de contestar 

se pierde la alegría 

que anuncia la melodía. 

Me toca a mi marcar ahora. 

Conversaciones inconexas. 

Juegos, música, rap.

Algún cómic que nos une

ninguno de mis favoritos. 

Cambio el tercio. 

¿Qué tal las clases?

Y se oyen las dudas, 

la incomodidad. 

Algún reproche y

tengo que colgar me dice. 

Aún queda tiempo para 

un reproche mas. 

Un consejo que no llega. 

Que difícil es decir 

¡te quiero!

La preocupación queda 

en el aire. El móvil 

a oscuras. 

¡Puta manía de hacer de padre! 


29/7/23

51

Ayer empecé una entrada en el curro. Quería hablar de lo difícil que se me hace empezar a escribir. Ni la gracia divina ni las musas pueden con la pereza que me da ponerme, últimamente, frente al folio en blanco, o la pantalla. 

Ayer, la entrada, que iba a escribir, derivó en una descripción de varias mujeres que estaban en el curro. Pantalones cortos, escotes impresionantes, bikinis que dejaban el lateral del pecho en un vaivén hipnótico, aberturas de falda en piernas kilométricas... ¡El paraíso del voyeaur!


Ayer, también, fue mi cumpleaños. ¡Cincuenta y uno! Y se me hace raro. Por que en ninguna etapa de mi vida hubiese apostado por llegar a esa edad y, encima, hacerlo medio decente. Aunque precisamente no he entrado con el mejor pie al quincuagesimo primero de mis aniversarios, me he jodido el pie en un ejercicio del gym y voy cojeando. Además de unas agujetas que no me dejan poner el brazo en posición recta. Pero hoy es otro día y los dolores van remitiendo y hay ganas de moverse y siguen quedando ganas de pasarlo bien y divertirse con cualquier cosa. 

12/7/23

Gazpacho

 Para mi el gazpacho es como ser bisexual. ¡Ojalá me gustase! Pero no me gusta por muy bien que me lo vendan. 

Bubo dixit. 

10/7/23

A San Fermín pedimos...

 Sigo la técnica familiar. Esa que se basa en hacer ruido a las ocho menos cuarto. La cafetera sonando, el plato del desayuno cayendo en la mesa sin ningún cuidado, y la televisión con un volumen algo elevado durante unos segundos. Y entonces alguien sale de su habitación frotándose los ojos y preguntando ¿hoy quien corre?

Cebada Gago, Torrestrella, los Miura... sea cual sea la respuesta es algo que va uniendo a la familia alrededor de la televisión desde hace años: Los encierros de San Fermín. En casa nos despertábamos casi todos. Algunos después volvíamos a la cama. Durante unos años la familia se redujo solo a mi suegro y un poco más tarde a mi hijo. Ahora solo hay que mandar whatsapp para verlo. Y el primero va diciendo la ganadería, la gente que está, y lo divertido que fué hace unos años cuando pasó tal o cual cosa. 

San Fermín, a quién cada vez se le pide con más prisa su protección, en los cánticos sigue siendo un de los Santos Varones que tiene influencia en casa. No por lo religioso, ni si quiera por los toros o la fiesta. San Fermín sigue siendo la hostia por que consigue juntarnos en casa alrededor de una idea infantil. 

9/7/23

La Taberna.

Fue el último en llegar. Allí en su taberna de siempre ya le esperaba Juan. ¡Que hijo de puta! Seguía igual que aquella madrugada que se despidieron. Casi veinte años de aquello. Haciendo de intermediario de Luis y Joaquina que discutían por alguna tontería. Un matrimonio, dos hijos, alguna hipoteca e incluso un tiempo de separación y seguían peleando y amándose como cuando Don Serafín los echó a todos de clase de matemática. Y al lado, Carlos, que prácticamente acababa de llegar. Él lo vio salir, se despidieron y, quizá por eso, no quiso esperar mas y salió a buscar a los amigos. Carlos le ofrecía el asiento frente a él. En aquella mesa, donde juraron encontrarse hacía tantos años después de faltar a clase de latín, se reunieron por fin los cinco. 

Y cuando brindaron por su reencuentro una algarabía recorrió la taberna y alrededor todos sonrieron sin saber porqué, sin saber, sin ver, que los cinco fantasmas eran los que alegraban el salón. 

23/6/23

Frío.


 Da igual el calor de fuera. 

El frío aún lo lleva por dentro. 

21/6/23

Trueque marital.

 Y las dos empezaron a hablar como si no estuviésemos presentes. 

- Al mío le encanta el salmorejo pero odia el gazpacho. 

- ¡Como yo! Pero es que el mío es al revés. Le encanta el gazpacho y odia el salmorejo. 

Y ríen de las coincidencias que llevan unos minutos comentando de nosotros. Y nos despedimos en el rellano del piso entrando los dos con las bolsas de la compra. Y estoy convencido de que aunque ya nos pilló dentro del piso, en la cocina, recogiendo la compra mientras ellas se besaban  los dos pensamos lo mismo cuando bromearon al decir:

- Un día vamos a tener que cambiárnoslos. 

15/6/23

Como los gallos

 A los cuarentones, como los gallos, o los pilla la zorra o caen en manos de la cocinera.


Las hembras del Cimarrón.

Marco Lúbrico.

27/5/23

Los años por la borda.

Tiré varios años por la borda.  Olvidé todo lo que me habían enseñado pero pasado el tiempo los recuperé en una isla desierta. Ahora viajan conmigo todos y no me arrepiento de ninguno. 

19/5/23

Mala memoria

 " Eso que arrastras y, de vez en cuando, pateas. Eso, cariño, es mi corazón."


No recuerdo de quién era esta cita. No recuerdo la editorial, ¿Visor? Ni si quiera se si es correcta o la recuerdo mal. Me ha venido a cuento por otra parecida que acabo de leer de Irving Berlin: "Be careful, it´s my heart".

¡Que putada, no recordar el tipo! Era un tipo el que lo escribía. Un libro de aforismos, microrrelatos y algún verso suelto que había en un bar. ¡Si recuerdo el bar! Antes era el Flores, un tugurio de viejos donde algunos adolescentes nos colábamos por que la caña de cerveza estaba a veinticinco pesetas. ¡Veinticinco! Aunque... No recuerdo el nombre. Para mí era el Flores, hasta que conocí a Lola, la dueña. Y pasó a ser el bar de Lola. Uno de esos bares con juegos para las mesas, libros en alguna estantería y una camarera, Lola, de las que enseñan mas que los libros. No recuerdo la cara de Lola, pero si su escote. Era morena, de eso si me acuerdo. Y de Oviedo. Con uno de esos acentos que te acarician aunque estén dando la cuenta de una noche de jarana que pasa de los muchísimos euros. 

Tres veces me quedé hasta las tantas en aquel garito. Esperando la hora de cerrar. Ayudando a Lola a recoger. La felicidad era verla echar la reja hasta la mitad y que ya no quedase nadie. 

Dos veces la acompañé a su piso. La primera vez me dejó entrar. 

La última me dio beso. De esos que estallaron en el pecho. De esos que hoy, un gilipollas que ha puesto una cita de Irving Berlin, me ha hecho recordar. 

¡Con mi mala memoria!