El conformador de las sombrererías es un trampa que la sociedad subvenciona para regularizar las cabezas, para achicar el vuelo de la imaginación.
No os pongáis nunca el conformador, poetas. Será el torniquete de hierro para vuestro talento poético.
En cuanto los sombrereros ven a un poeta le ponen el conformador y le aprietan con fuerza a su cabeza, dejándolo encasquetado un buen rato bajo cualquier pretexto.
Yo nunca me he dejado poner el conformador, esa máquina apisonadora y prensadora de las ideas, ese círculo de hierro, que consigue que la cabeza adquiera el tipo común, la estrechez normal. Los vuelos los chafa desde luego, y en ese papel, con un punteado de papel de música, que sacan de la parte que se impresiona hay un poema abortado, algo así como el ritmo interior de la cabeza.
Ya que la policía nos obliga a dejar la huella dactilográfica, no dejemos voluntariamente esa huella de lo que no puede ser objeto de medición.
Cuando enjaula la cabeza el conformador, los pájaros de los pensamientos se ponen tristes, y se callan, y se suicidan.
Cuando el sombrerero coja el conformador y tome el ademán de iros a cazar la cabeza, huid, aunque os dejéis vuestro sombrero y el bastón apoyado en una silla.
El conformador es como la talla: que después de haber pasado por ella, y si el sargento se ensaña con vosotros bajando el índice de madera que aprieta la estatura, ya no creceréis más.
Esa camisa de fuerza para las cabezas, ese ridículo sombrero enrejado, ese falso sombrero de género medieval, debe ser el odio de los poetas, de los soñadores, de los rebeldes, cuyas iniciativas malogrará si logra taladrar esa blanca reproducción del pensamiento que sale llena de agujeritos.
De Ramón Gómez de la Serna que me ha descubierto sus Disparates.

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